Escribo y luego borro. Hago con las letras lo que no puedo hacer con la vida...

domingo, 29 de abril de 2012

Si yo fuera presidente

Ahora que estamos en época de elecciones...


“Los políticos son siempre lo mismo. Prometen construir un puente aunque no haya río.” (Nikita Jruschov)








Me gustaría llegar a México y encontrarme con lo que es, un país hermoso. Yo se que tiene muchos problemas: es un país corrupto, cuenta con una terrible depresión económica, tiene una alta tasa de desempleo, hay problemas de migración, hay un alto índice de asesinatos, robos, narcotráfico, jóvenes que dejan de estudiar a muy temprana edad, problemas de sindicatos, altos impuestos, leyes absurdas, famosos vulgares, periódicos amarillistas, alta pobreza, gran desigualdad y un alto individualismo… En fin, es un país como todos, con muchos problemas.

Sé que una persona no es la única que puede marcar la diferencia, pero quiero crear y quiero habilitar a otros a seguir creando. Si yo fuera presidente buscaría resultados diferentes, ¿Cómo? No haciendo lo mismo de siempre.

Yo cambiaria el concepto de patria, es necesario que nuestro país tenga mexicanos que estén orgullosos de ser mexicanos, pero orgullosos enserio, no solo de conveniencia: en los mundiales, en las celebraciones patrias o en el extranjero. Necesito contar con mexicanos que amen a su tierra, que se sientan con derechos, pero también con obligaciones, que sean trabajadores,  cuidadosos, ahorrativos, consientes, dedicados, participativos y transparentes… pero sobre todo optimistas.

Tenemos un país con gente conformista y quejumbrosa, nos encanta andar haciendo huelgas por cualquier cosa con tal de no trabajar. ¡Ya basta! Yo les diría a mis ciudadanos que debemos de quitarnos esas etiquetas de flojos e impuntuales. Yo promovería que México fuera un país dirigido por ciudadanos, ¡La patria es de todos! Y por nuestra patria debemos ver. Quiero un país donde se de la confianza de dejar de evadir impuestos destinando realmente los recursos al bien común, pero para que esto se logre es fundamental que haya ciudadanos que generen planes de trabajo y programas de desarrollo a donde se destinen dichos fondos, si queremos tener un hermoso país ¡todos debemos participar!

Yo inculcaría en mi país la importancia del trabajo, necesitamos mexicanos que trabajen mucho y que valoren el trabajo. Que se apasionen con su trabajo para disfrutar el día a día. Necesito que se paguen buenos sueldos, pero para que esto se logre, necesito que los mexicanos trabajen tiempo efectivo de jornadas laborales completas, que trabajen dando resultados. Necesito mexicanos preparados, no personas que solo anden viendo como se friega el uno al otro. Quiero gente que se sienta segura con su empleo, que se sienta contenta de estar empleada para provocar mayor desarrollo y mayor satisfacción.

Si yo fuera presidente motivaría a las personas a dejar de ser intolerantes y pesimistas. México es un país sin igual, tenemos hermosos paisajes, un clima fenomenal, un mundo de cultura, diversidad en alimentos, cantidad de recursos naturales, grandes potenciales de intelecto, muchos tratados… ¡Tenemos todo para ser aún mejores!

Si yo fuera presidente lucharía por hacer más unidas a las familias, que haya más transparencia, más comunicación y que la gente vea por sus vecinos ¡Todos debemos de cuidarnos mutuamente! Los políticos deben hacer público sus salarios y en donde se encuentran sus recursos, si tienen empresas, con que propiedades cuentan, en donde estudian sus hijos; Es más, a mi me gustaría que los políticos deban mandar a sus hijos a escuelas públicas, eso promovería el crecimiento de la educación en dichas instituciones.

Por último, si yo fuera presidente pelearía día con día por reformas más contundentes, necesitamos darle seguimiento a las leyes, planes de trabajo y programas de desarrollo. ¡La clave del éxito se encuentra en la constancia!

Un cambio en México no es mágico, por supuesto que nos puede llevar años, pero el principal cambio empieza desde uno mismo y nuestra descendencia. “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.” (Bertolt Brecht)

martes, 24 de abril de 2012

Ensayo sobre la ceguera.


Les quiero compartir uno de los libros que más me han marcado y es precisamente Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago.

El motivo de que hoy les comparta esto es porque la revista virtual de mi escuela dedicó su publicación número 62 a este libro y me gusto la reseña que hicieron. Aquí se las dejo.


“Un día la vida nos cambia y descubrimos que no sabemos nada de nosotros, que no podemos encontrar en lo cotidiano los consuelos a los que estábamos acostumbrados. Un día perdemos un sentido, la vista, y con ese defecto basta para que la historia completa de una ciudad, de un país, pueda transformarse. Somos seres dependientes de nuestras costumbres y de nuestros hábitos, de prejuicios que no nos dejan ver más allá de aquello asiduo y cotidiano. La metáfora en literatura tiene como propósito principal descubrir nuevas luces en el mundo, nuevos caminos para apreciar la realidad. Y es justamente por medio de una metáfora, la dislocación pertinente de la forma de nombrar, que José Saramago describe el mundo en el que nadie ve. Es el mundo de los ciegos sin que haya un tuerto rey. La novela es un deleite de las posibilidades impensables pero posibles.”

“¿Qué pasaría si mañana todos amaneciéramos ciegos? ¿Quién vería por nosotros? Considere el lector de estas líneas que estas preguntas se pueden hacer en cualquier momento, no sólo a propósito de la lectura de un texto tan rico e inquietante como el que aquí tratamos de recomendar. Piense el lector que en la literatura se aprende la vida antes de que nos suceda o bien se puede también aprender aquello que no nos ha pasado a nosotros pero sí a nuestro prójimo.”

“Como en casi todas las catástrofes, los sobrevivientes tienen dos tareas principales: asegurarse la existencia y buscar un culpable de su desgracia. Invitamos al lector a descubrir cuáles de estas dos tareas se cumplen y cuáles otras se tienen que replantear.Luz, conocimiento, sabiduría, siguen la amplia tradición de conocimiento, pero ¿es acaso lúcido lo que hacemos? Prestemos atención a la  inquietante invitación de este maravilloso novelista inmortal.”


Espero y se animen a leer este libro, no se arrepentirán!

miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Qué tan reales son los milagros?


Don Remigio, un gran creyente, arrastraba su triste andar, después de esa jornada laboral. Su cansancio no era por el trabajo, pues de él ya estaba acostumbrado, era porque se había ido la alegría una vez más, y ahora sólo le quedaba apagar el alumbrado. Tenía un trabajo espectacular, le tocaba tener listo el escenario donde semana a semana se lleva a cabo un evento peculiar. Esperaba con ansías ese día, pero su emoción y algarabía eran distintas a la de todos ya que el sólo pensaba en que todo pasaría desapercibido alrededor de su escenario o en el balcón de las tristezas y alegrías.


En su espacio, se dedicaba con esmero a la limpieza, revisaba cada detalle despacio, sin pereza. Sin embargo lo más importante que había logrado, además de tener un reluciente lugar, era observar de manera aguda y profunda las formas, los gestos y las actitudes que asumían los asistentes a su paraíso sagrado. Él, más que nadie, había visto el desborde de alegría ante el triunfo, y el rostro colectivo de la amargura por la derrota, de la cual pensaba que no pasaría si amaran a Dios.

Esa noche en casa, hecho a remojar su camisa blanca, que acaba d adquirir, junto con su camisa favorita, color azul. Pero al sacarlas  de la cubeta se llevo la sorpresa de que su camisa indecolorable se había decolorado, manchando la nueva. Trató de quitar la mancha azul de la camisa blanca, le echo pinol, cloro, jabón y cuanto encontró, después la dejó secando y se fue a dormir.

Al siguiente día como siempre, horas antes del evento, se emocionó ante el silencio expectante, se preguntaba ¿Qué pasará hoy? ¡Tantos años aquí y todavía esa duda le azotaba! Es que cada semana pasaban tantas cosas, y tan diferentes, que él reflexionaba: ¡cuantas historias hay en todas estas personas! Pero ese día vio los rostros de otra manera, buscó más explicaciones de las acostumbradas, y observó a los presentes tratando de entender qué era lo que les movía a ser como eran.

Don Remigio no veía la función, no le interesaba nada de lo que se exhibía, sólo quería ver la actitud de las personas. Tal vez quien lo volteara a ver se preguntaría “¿Qué es lo que esperas mirar, porque tanta presteza y atención, a toda reacción?” Pero no, eso no sucedería, nadie tendría porque verlo a él.

Cuando el evento terminó, las voces, las risas, los gritos y los llantos, poco a poco se fueron retirando, hasta dejar otra vez el atroz silencio, pero esta vez el silencio era distinto. Se trataba del silencio de lo que por ahora ya no es más, es el silencio de la espera otra vez, pero ¿habrá otra vez? El inmueble, el coloso lleno de butacas vacías, que hasta el aire que las ronda parece sepulcral, ha dejado una estela de fantasmas, pero ellos no gritan, ni se desbordan de pasión, lo único que son capaces de impulsar es la opresión de la nostalgia y depresión. Con  este pensamiento le ganó la emoción de querer cambiar el libreto esta vez, deseando ser él, por primera vez, el dueño del espectáculo. Era necesaria una epifanía del cielo para motivarlo a hacer algo al respecto, no podía seguir así.

-No me gusta este escenario así, algo tengo que hacer para mirarlo diferente otra vez, pero tendrá que ser rápido, porque una semana no es largo tiempo, tengo que cambiar la historia, esta tiene que ser mía, no puedo dejar pasar la vida, sin que nadie se fije en mi contribución para la función.

Algo ya no andaba bien, con Don Remigio.

-¿Por qué se tienen que ir todos, dejándome solo?, ¿Qué prisa les corroe el alma, que luego, luego, se van? ¿Que les he hecho yo, que siempre he buscado su bien, como para que dejen a todos esos duendes silenciosos y todo tirado y maltratado en mi lugar? - Don Remigio se sentó, en el palco de honor y observó todo a su alrededor, esta vez los utensilios de limpieza guardó. Lo único que deseaba era desarrollar su idea atroz.

En el siguiente evento tendría que lograr llamar la atención, pero a la vez él tendría que observar la reacción, de su público expectante que tendría que gritar ¡viva Don Remigio, el héroe del lugar! Y su motivación fue que cuando llegó a su casa, vio en aparecer en su camisa a la Divina Providencia. Se lograba percibir la imagen de la cara de la virgen, y mientras más la veía, poco a poco, su cuerpo, sus manos, sus pies e incluso la paloma que representa el Espíritu Santo también iban apareciendo. Se asustó, pero se dio cuenta de que algo eso quería decir. Era la motivación para llevar a cabo su plan, la virgencita lo iba a ayudar.


Al día siguiente todo le quedo claro y con gran ánimo tomó su trapeador para dejar todo como siempre había acostumbrado. Después comenzó a preparar su plan inteligente. Todo tendría que salir bien, ahora si todos sabrán quien soy yo, se repetía sin cesar. Tendría que preparar diferente el escenario, cuidando todos los detalles, nada tendría que fallar. Detrás de las gradas colocó unos enormes aparatos de propulsión con un poco de falso plafón que ocultarían su posición. Ahora sólo faltaría, contar con todo el material para culminar su obra.

Una y otra vez, el plan repetía, nadie quedaría sano después de su ejecución y de la emoción que provocaría, ni duda tenía. Fue trayendo grandes bolsas de polietileno, ahí colocaría lo que fuera cayendo. Más tarde, embudos de plástico diseñó y también una mascara de gases consiguió, ya que cuando su obra estuviera en ebullición, hasta él podría estar en repulsión. Sólo le quedaba, finalmente, un gran detalle: ¿Cuál sería el momento más propicio, para provocar el estropicio?

-¡Lo haré cuando estén en su máxima alegría!, no, no, ¡mejor en el momento de mayor apatía! -Y así continuaba su meditación, al fin y al cabo, conocía tanto las pasiones del público, que cualquier momento no sería vano, ni mucho menos le provocaría dilación.

Así se fue acercando el siguiente fin de semana, ya la trampa tenía preparada y a su público lo tendría cercado. -Ahora yo seré el que tendrá las emociones, yo reiré, gritaré y seré el más importante de la función, pero ¡Oh, que lastima por ellos, se que sufrirán! ¿A dónde irán a parar con tanto desconcierto, que será de ellos y que será de mi, sin ellos? - Tal vez, Don Remigio tuvo algún resquicio de remordimiento, pero su intención fue mucho más fuerte, que cualquier duda que pudiera tener. Se persignó y tal como lo había planeado, su momento de gloria tendría que ser alcanzado.

Durante esa semana su furtiva trampa iba preparando, al mismo tiempo que el inmueble con esmero limpiaba.  Colocó, en lugares estratégicos, unos enormes ventiladores de gran potencia que eran usados sólo en ocasiones de gran calor entre la concurrencia. Adelante de ellos, con toda paciencia, ubicó las grandes bolsas de polietileno que adquirió, sin dudar de su resistencia. Ocupo un mecanismo de tracción para abrirlas y cerrarlas de un solo tirón, acondicionando una polea que a todas les daría acción. Lo demás era sencillo, así que sin tardanza, frente a cada bolsa adaptó los embudos de plástico, para que por ahí encontrara camino, la fuente de su venganza. Probó los ventiladores, observó que por los embudos corrían grandes ráfagas de viento y que, cual lobos aulladores, generaban ruidos ensordecedores. Listo estaba el artificio, sólo restaba introducir a las bolsas, el material que con tanto oficio, había recolectado desde el inicio.

Y como sucede con todo lo que tiene plazo, el gran día llegó sin retrazo. Don Remigio estaba listo, con las cuerdas en su regazo. Antes colgó, al lado de la pantalla, su camisa con la gran aparición, para que le siguiera dando el valor que requería. Esta vez no espero pacientemente, la entrada de toda la gente, porque ahora se ubicó a una distancia prudente. Que el escenario se iría llenando, como todas las semanas, ni dudarlo. La gente se fue acomodando, tranquila y sin sobresaltos, ni la camisa notaron, ni había motivo para que sospecharan, que podrían sufrir de infartos. Diciendo para sí, sin compasión -Al fin, todos están en su posición, ahora me resta esperar la ocasión.

Una vez más, los gritos y las risas, se encuentran sin cesar lo que quiere decir que el espectáculo va en su punto culminante. Don Remigio los observa sin chistar, que dolor sentía ante tanta algarabía, pero en ese preciso instante, la polea tenía que mover las cuerdas que sujetaban las bolsas distantes. Casi al mismo tiempo que accionó los ventiladores, con fuerza desmedida, sus manos jalaron las cuerdas, como si en ello se le fuera la vida.

Todo fue tan espectacular, que gran confusión provocó, cuando por los embudos de plástico, corrió por la fuerza del viento, cantidades industriales de estiércol humano, si, aquel que Don Remigio había juntado, del evento pasado. A lo largo de todo el escenario, grandes oleadas de estiércol inundaron el ambiente, por un gran momento, no hubo gente a la que no le llegara, el tan pestilente elemento. Mientras esto sucedía, la gente se revolvía, gritando ante tanta porquería. Don remigio, después de haber activado su repugnante tinglado, corrió desenfrenado, hacia su lugar de criado. Desde ahí miró como el público, todo cagado, quedó como estupefacto.


A los gritos y a la confusión, le siguió un momento de incomprensión, por lo que estaba pasando. La gente se sacudió y al voltear a ver al de al lado, no les quedó más remedió que quedarse callados, con las voces paralizada reinó el silencio y las personas pasmadas. Don Remigio observaba con atención y entusiasmo, todo lo que pasaba, ahora él reía ante tal situación, pues él estaba limpio y sin sufrir por el olor, había logrado, conforme a lo planeado, ser el único en estar emocionado.

El estiércol era un reguero, por todas partes volaba como ave de mal agüero, y en tales circunstancias, surgió por un altavoz, el grito salvador de quien, ahora si sin arrogancias, buscaba a alguien que detuviera momento tan atroz. También por la enorme pantalla del escenario querido, surgió como un delirio, el nombre de Don Remigio ¡era a él a quien buscaban para que parara tal martirio! Con luces centelleantes y gritos desaforados, en la pantalla y en los estrados, todos al unísono decían: ¡¡Don Remigio, acaba con esta porquería!! Había logrado robarse la función y ser el más importante dentro de su diversión.

En ese momento su camisa se alcanzó a percibir, al lado de la pantalla, sorprendiendo que mientras más gente la veía, más clara la imagen se iba viendo; Se formaron los rayos del Espíritu Santo y al final, poco a poco, se fueron abriendo los ojos de la virgencita, que antes estaban cerrados. La gente creyó que era un milagro el que estuviera Don Remigio por ahí para salvarlos, la aparición les había comprobado que era un mandado del cielo.

Por única vez y por un instante, Don Remigio logró captar la atención, de tanta gente distante, que su deambular jamás había notado y mucho menos valorado. ¡Fue un milagro! Se ocasionó un choque de emociones, entre el enojo de la porquería y la epifanía. En menos que canta un gallo y a pesar de su sorpresa por la aparición,  con presteza ubicó, todos los interruptores del desaguisado que provocó y luego, con entereza, hacía todos dirigió, un enorme chorro de agua, que la frente les despejó. Al recibir el agua fresca que hacia resbalar tan mal olor, la gente inmediatamente captó, que el héroe, en esta ocasión, había sido Don Remigio, ¡el gran limpiador! Todo mundo lo alabo como si fuera el milagro que la virgencita les había otorgado para su salvación.

Pero hablando de milagros, a Don Remigio le fue mejor de lo que había planeado, ya que quien lo buscó con ahínco, fue el mismo que durante años, poco interés le había dado a su labor callada. Aquel que por estar siempre ocupado en tareas más importantes, nunca se había preocupado por saber donde estaban los controles y desconocía los rincones de todo el escenario.   

domingo, 29 de enero de 2012

Inopia


Las dos partes de la moneda.

Un solo deseo
Que cumplir
Un solo momento
Que recordar
Un solo comienzo
Que perdure
Un solo amigo
Que aprovechar
Un solo compendio
Que comprender
Un solo escrito
Que pueda leer
Un solo refuerzo
Que pueda ocupar
Un solo almuerzo
Que pueda probar.

Un solo deseo
Que compartir
Un solo amigo
Que sea de verdad
Un solo capricho
Que no pueda cumplir
Un solo amor
Que sea desinteresado
Un solo familiar
Con el que pueda convivir
Un solo valor
Que pueda enseñar
Un solo pobre
Que lo único que tiene es dinero.

sábado, 28 de enero de 2012

Tiempo


Esos son los minutos más largos
Los que en la cama vueltas te hacen dar
De esos en los que la oscuridad es tal
Que no sabes si tienes abiertos los ojos
 O si el sueño te está por alcanzar.

Con la cabeza dando vueltas
Voy viajando entre las palabras
Las cuales con coherencia aun no logro unir
Es tan fuerte el poder de tus ideas
Mientras más ingenioso eres
Más me encapricho con tu ser
Te vas incrustando  en un millón de cosas
Que por donde vaya no las dejo de encontrar.

Interesante es guardar ese misterio
Y en este continuo tratar de averiguar
Lo que pasa por tu cabeza, detengo el flujo
No quiero seguir dejándome llevar
Tengo miedo de perderte
Pero la verdad es que poco a poco
Las situaciones son las que no ayudan.

Llego a pensar que soy yo
El autor de esas historias
 Que cada vez se vuelven más complejas
Donde cada vez aparecen más y más personajes
Y al no saber que rol asignarles, los dejo improvisar.

Al final de los finales
Son esos minutos
Los que más carecen de realidad
Los que más me hacen imaginar
Y en la vida, las cosas son más simples.




lunes, 16 de enero de 2012

Regreso a clases



Me ha pasado varias veces… antes de dormir es el mejor momento para querer ponerle orden a mi vida, para querer apoyar a alguien o para querer arreglar el mundo… acaso no me doy cuenta que el insomnio llega tan fácilmente…


Un día antes de entrar a la escuela llega esa emoción en el estómago entre nervios, felicidad y desilusión del final de las vacaciones. No puedes dormir, das vueltas en tu cama, platicas con alguien poniéndose al día de las cosas que han pasado. –¡Qué onda ya estoy de regreso en la ciudad, tenemos que vernos pronto!-

Por fin puedes dormir y pareciera que acabas de cerrar los ojos, que no dormiste nada y ruegas por unos minutos más de vacaciones. Llegas, ves caras nuevas, caras conocidas, personal conocido que te sonríe en la entrada y dice tu nombre –señorita Tania que tenga buen día- que mejor que empezar el día con un buen saludo de un guardia. Van pasando las clases y al final del día sigues sonriendo. 


Los que llegan con esa actitud de: “tengo sueño”,  “no quiero estar aquí”, “extraño tal o cual lugar”… nos pasamos la vida extrañando algo o a alguien. Y no nos damos cuenta que hay muchas personas que hay que disfrutar a nuestro alrededor. 
 
En este regreso a clases, aprende, conoce personas, aprecia a los profesores, disfruta las actividades extras, aprovecha las instalaciones de tu escuela, busca aventuras nuevas.


Quédate con las personas que te hacen sonreír
Quédate con las personas que se preocupan por ti
Quédate con las personas que te aportan algo
Quédate con las personas que les gusta estar contigo
Quédate con las personas que les gusta hacer cosas diferentes
Quédate contigo.

viernes, 6 de enero de 2012

Imaginación e ilusión


Hay muchas personas, hasta filósofos, que dicen que conforme vamos creciendo vamos perdiendo ese sentido de imaginación, ilusión y locura que teníamos cuando eramos niños.

El otro día estaba leyendo el libro de “La invasión de Ricardo Piglia” donde escribió varios cuentos y hay uno que me llamó la atención se llama “El terráplen” y queda muy ad hoc con el día de Reyes. Se trata de un niño que siempre anda imaginando escenarios y acciones al jugar, esta vez nos muestra el dolor y los pensamientos que llega a formular en el momento en el que le dicen que los Reyes magos no existen. Espero se tomen el tiempo para leerlo. =)



No hacen ruido, piensa. Son muy ligeros, siempre están en el aire, no hay modo de verlos. O lo que pasa es que las patas de los camellos son de algodón. Por eso no hacen ruido.  Después eligen las casas y dejan los juguetes. Nunca entendió por que le traían esas cosas tan bárbaras a Quique que es un tarado, un llorón y por cualquier cosa llama a la madre, y a Gabriel, que hasta sabe andar a caballo, nunca le traen nada. ¿Qué habrá hecho Gabriel?, pensó, y tuvo miedo, de golpe; miedo por él. 

—Vos, andá a buscar la pelota— le ordenó aquel día Melo, desde la canchita. Melo, con los brazos en la cintura, transpirado el jefe de todos. Cuando los grandes jugaban a la pelota no lo dejaban ni acercarse. Pero ahora le pedían la pelota, a él. Salió corriendo y la pelota estaba allí, contra el cordón, debajo del coche. Se la devolvió y Melo no dijo nada: ni “gracias, pibe”, ni nada. La hizo picar y volvió al medio, sin correr, tranquilo, gritando “tres a uno”. No importó que no le dijera nada, igual era como si los grandes lo hubieran dejado jugar a la pelota con ellos. “En la canchita, te das cuenta”, quiso contarle a Gabriel. Pero fue Gabriel quien le dijo: “Che, ¿qué te hiciste en el saco?”. Che, en el saco, le dijo y la campera nueva, la campera gris recién estrenada tenía dos lamparones de grasa medio parecidos a la cabeza de un caballo.

Por eso tuvo miedo: levantarse y encontrar los zapatos solos, vacíos, sin los patines. Si por lo menos estuviera Carlos se las arreglaría para que no importara, para que todos se olvidasen para siempre lo de la mancha de grasa en el saco gris, y la taza del juego que primero le golpeó el codo y después hizo un ruido rarísimo en el suelo, al lado de la pata de la mesa llena de visitas. Por favor que los Reyes no se enteren. Carlos lo ayudaba siempre. Ahora daba pena y alegría que no estuviera. Pena, porque no estaba. Y orgullo de tener un hermano en la conscripción (servicio militar obligatorio). Cuando llegaba Carlos todos, hasta Melo, se morían de la envidia, mientras él se paseaba con su hermano que parecía San Martín, vestido de marrón, con botas y un machete de acero.

Para colmo el día no pasaba nunca. Hubiera querido cerrar los ojos y estar de repente en la otra mañana, jugando con los patines; pero no se movía ni una hoja, la siesta no pasaba nunca y todavía le faltaba tomar la leche y cambiarse, faltaba casi toda la tarde y después había que cenar y seguro que no se iba a poder aguantar toda la noche despierto para verlos entrar despacito a la pieza y dejarle los patines. Además mejor no hacerse ilusiones, “por el ascensor”, pensó mientras acomodaba los soldados que siempre estaban apuntando, sin moverse, algunos cuerpo a tierra y otro tocando el clarín, duros como idiotas. Los acomodaba contra la pared, en fila, para que defendieran la ciudad de las fuerzas enemigas. Hasta que Cacique que lo llevaría a la tribu de los Watussi a combatir por Juana y el Profesor Flander. Pero Cacique se echaba de costado, no había forma de hacerlo levantar por más que lo tironeara del collar, se acostaba con la lengua afuera, tranquilo, golpeando el piso con la cola y no había modo de convencerlo de que fuera un elefante por un rato, por un ratito. Por eso, mientras Felisa pasaba con las alfombras, Tarzán se convirtió en Dick Tracy (inspector de policía). Y tenía que seguirla porque Felisa era una asesina. Eso: una asesina terrible. Se descalzó y agazapado empezó a seguirla por toda la casa, escondiéndose detrás de los muebles, en las esquinas, aplastado contra los árboles, debajo de los muebles oscuros, en la cocina, con cuidado porque pueden sorprenderlo desde el puente y se trata de cruzar el callejón desierto, apenas alumbrado por la luz que viene del Bar. El callejón gris que lleva de la cocina a la escalera desde la que se puede dominar todo el puerto. Y cruzaba la cortada agazapado, en puntas de pie, llevando el revólver en la mano derecha y los zapatos en la izquierda cuando Felisa le gritó que no fuera estúpido, que le iba a pegar un escobazo si seguía molestando.

Por eso salió a la calle, al sol de la siesta que parecía saltar desde cada pedazo de baldosa, mezclarse con el aire caliente. Y caminaba, zigzagueando, sin pisar las baldosas azules, pero estaba llenísimo de baldosas azules y cada tanto tenía que saltar abriendo los brazos, muy concentrado en eludir la ciénaga maligna.  Mucho cui-dado porque si no iba a aparecer el asunto de la campera y entonces los reyes pasarían de largo, sin dejarle nada, ni los patines ni nada. Por las dudas este año junto con el pasto les pensaba dejar agua mezclada con azúcar. En el fondo los camellos son como  Cacique pero más grandes, y Cacique por azúcar hace cualquier cosa. Trébol y agua con azúcar. Siempre los dejaba contra la pared del fondo. Sentía  una cosa rara en todo el cuerpo al pensar en los camellos tomando el agua, la cabeza inclinada en el balde que mamá usaba para lavar la vereda, y después comiendo el pasto con esos dientazos que parece que siempre se estuvieran riendo.

La esquina estaba llena de baldosas azules. Toda azul como un lago y Gustavo venia cruzando lo más tranquilo. Estuvo a punto de gritarle: ¡Cuidado con la ciénaga!, pero mientras lo pensaba ya se habían saludado.

Después del saludo, al rato de empezar a hablar, Gustavo se lo dijo. Le dijo eso, de pronto, como si lo insultara.

—¿y vos todavía crees? — le preguntó—¿todavía crees? —con una voz finita, aguda y la cara llena de rojas-. “Fideo con Tuco”, le gritaban siempre y tenía el pelo colorado sobre la frente y la voz chillona:

—Si son los padres, no te das cuenta. Lo de los Reyes son todas macanas.

La transpiración se le amontonó en los ojos, una nube húmeda que pintaba la calle de un gris raro y la F de Farmacia Muro estaba borroneada, le faltaba el palito del medio.

“Queridos señores Reyes magos”, empezaba la carta. Todo el sol y el calor pegándole en la cara.
—claro que lo sabía— gritó—. Lo sabía, entendés. Antes que vos lo sabía. Y tuvo ganas de pegarle, agarrarlo del pelo, colorado estúpido y patearlo, claro que lo sabía, pero ya estaba solo y el calor le trepaba por los zapatos desde el asfalto blando.

Sin darse cuenta llegó a su cueva entre las cañas. Nadie más que él y Gabriel la conocían. Una cueva llena de puertas secretas en la que vivían Sandokán, Poncho Negro, Pluma Roja y él, ahora, pensando que no saldría nunca, que se quedaría quiero allí, toda la vida dejando que lo buscaran, no le importaba que lo buscaran, que lo buscaran todos porque no quería ver a nadie, nunca más.
Estaba sentado en el piso de tierra y arriba el viento hacía temblar las cañas con un ruido rato y muy triste, una especie de susurro, y entonces él se acostó boca abajo, con las manos en la cabeza, pensando que a lo mejor todo era una especie de mentira y entonces mamá y papá tampoco existían: volver y que en casa no lo besaran ni nada, que apenas lo saludaran porque ya no jugaban más y le dijeran: “Y vos nene, ¿quién sos?”, y lo mandaran a uno de esos colegios que tío Joaquín le mostró, con tapias (cercas) grises, enorme y oscuros, donde viven los chicos sin padres.

Hacia redondeles en la tierra; dibujaba figuras y las borraba con la palma de la mano sin entender por qué lo habían retado aquella noche que estaban las visitas, los señores de la oficina de papá y él, ya que nadie le llevaba el apunte, tuvo ganar de contar que en su cama había un caballo azul. Se levantó descalzo y lo dijo desde la puerta: “En mi cama hay un caballo azul” y todos lo retaron, menos el abuelo que le sonreía.

El abuelo rubio, tan alto, que lo llevaba en los hombros y le hablaba del lugar donde había nacido, un país lleno de sol. Donde la tierra era roja, cubierta de montes y de caballos salvajes con largas colas doradas que tocaban el suelo. Muchísimos caballos galopando a lo lejos y un potro azul que era el jefe y siempre estaba quieto, sobre un alto. Y le contaba las peleas entre los caballos, de noche, alzados en dos patas, relinchando nerviosos. Y le hablaba del caballo azul que era el más valiente y el más fuerte y el más hermoso. Ahora su abuelo estaba de viaje, y le escribía cartas en las que le recomendaba que se portara bien e hiciera caso. Las leía papá y no parecían del abuelo. Si él estuviera le explicaría. No estaban ni él, ni Carlos. “Y Carlos ¿por qué me hablo de los Reyes si era mentira?”. Cuando pensó en Carlos ya estaba afuera, rozando con la palma de la mano las paredes tibias. La calle vacía, aplastada por el sol se juntaba con el terraplén, allá lejos. En ese lugar al que nunca se animó a llegar, por el que cada tanto pasaban trenes, las máquinas cubiertas de humo, todo el tren soplando arriba, por encima del pueblo, al fondo de la calle. Y caminaba despacio mirando el polvo arremolinado por el viento, asombrado de andar por esa calle tan larga, llena de árboles, llena de misterio, con terrenos baldíos y casas desconocidas. Cada tanto levantaba bolitas de eucaliptus y las tiraba contra el cielo y después se pasaba la mano por la punta de la nariz y encontraba el mismo perfume del invierno cuando mamá las ponía a hervir sobre la estufa y todo era tibio, con aquel olor suave y él, tirado en la alfombra, jugaba a ser un barco a vela y estaban todos: mamá cosiendo y papá sentado en el sillón, todos juntos él, de repente, se ponía a gritar de contento; se golpeaba boca con la palma de la mano contento de que estuvieran todos juntos y se largaba a correr de un lado a otro y mamá empezaba a los gritos pero él seguía corriendo sin parar porque se había desbocado y no había modo de frenarse a pesar de que el pasto lo hiciera resbalar, y tuviera que terminar de subir el terraplén gateando, clavando los dedos en la tierra, encorvado, teniéndose de los yuyos.

Parado en lo alto, con las manos en la cintura, de espaldas al pueblo veía todo el otro lado del mundo: los molinos de agua y los pinos y el arroyo donde los grandes iban a nadar y muy chico, como una mancha a lo lejos, el monte en el que Melo decía que se podían cazar lechuzas.

Después empezó a caminar haciendo equilibrio por las vías con los brazos abiertos y el sol en la cara. Se bamboleaba, pisándose los talones con la punta de los pies, sin tocar los durmientes, tratando de animarse a pasar del otro lado, a dar el salto, ahora, y caer resba­lando por la bajada del terraplén, sentado como en un tobogán hasta zambullirse en el pasto, cerca de las cañas.

Acostado allí, boca abajo, a la sombra del terraplén parecía que el sol se hubiese quedado en el pueblo, en su casa, del otro lado y él estaba solo, a la sombra, tirado en el pasto, escuchando el zumbido de las avispas y el ruido del viento contra las cañas secas. Miraba las ramas de los árboles contra el cielo y sin saber por qué se acordaba de los lugares que le contaba su abuelo y hasta pensó que a lo mejor por allí andaban los caballos metidos en el monte o saltando los paragolpes de madera salpicados de yuyos (maleza).

Hundió la cara en el pasto fresco, doblando los pies sobre la espalda, contento de golpe; contento por­que además podía contárselo a Gabriel. Trepar el terra­plén y bajarlo corriendo para contarle a Gabriel que se había animado a cruzar al otro lado, donde estaba el monte lleno de lechuzas y el arroyo: Correr con la cabeza gacha por la calle llena de sol y árboles y olor a eucaliptus. Y llegar a la esquina, respirando agitado, con la cara sucia de tierra v sudor. Pararse frente a la puerta altísima y marrón y levantarse en puntas de pie para alcanzar el llamador de bronce.
Un golpe seco que retumba en la siesta.

—¿Cómo te va? —le preguntó Gabriel, parado en el umbral, contento de verlo.

Ricardo, con las manos enlazadas en la espalda, pensó en el lugar que había conocido detrás del terra­plén, en el agua con azúcar; pensó que Carlos era tam­bién un mentiroso y que su abuelo era el único que de­cía la verdad, a pesar de las cartas que no parecían de él.

Todo eso pensó mientras le preguntaba:

—Y vos Gabriel ¿sabés quiénes son los reyes magos?